Por: Lisandro Segundo Meza “El Chane”.
Nací un once de diciembre, en los Palmitos, Sucre, un pequeño poblado de gente laboriosa y noble; allí transcurrió mi infancia. Mi madre, “la niña Luz”, decidió que me llamaría Lisandro Segundo en homenaje a mi padre, Lisandro Meza –el patriarca de la Sabana–, a quien ella ha amado incondicionalmente por más de cincuenta años. Soy el hijo mayor de 7 hermanos, y, según mi madre, vine al mundo a cumplir el encargo de convertir en música cuanto sonido se dejara escuchar por la Sabana, y más allá de sus confines.
Con complacencia recuerdo que ya grandecito corría como un pollino hasta la casa de mi tío Humberto Quiroz. En una ocasión, recuerdo claramente, corrí desaforado en busca de mis primos para darles la noticia de que las galletas del tarro Noel, que mi mamá tenía en la cocina, ya se habían terminado –proceso que como auténticos pillos habíamos acelerado – por lo que ya podíamos utilizar la lata como caja para completar el conjunto, del cual teníamos la guacharaca y el cencerro. En ese tiempo mis primos eran diez, todos varones, y mis contemporáneos secundaban con decisión todas mis inquietudes musicales.
Aquellos fueron buenos tiempos, pues con ellos encontraba lo que en casa no tenía, dado que a mis dos hermanas, las que me seguían en edad, no les atraían, en lo más mínimo, mis gracejos musicales. Tenía cuatro años cuando comencé a jugar al músico con mis primos Luis, Carlos, Olimpo y Oswaldo, quienes a la sazón contaban tres, cuatro, cinco y seis años. Eran los hijos menores del tío Humberto, quien finalmente, completó 16 vástagos: 14 varones y dos mujeres con la misma esposa, por supuesto.
Midiendo nuestro natural talento le dimos palo a cuanto pote encontramos en las andanzas cotidianas. Nuestra mayor alegría estaba en hacer sonar rítmicamente los palos y las latas oxidadas que la imaginación infantil y el fervor convertían en instrumentos musicales. La camaradería que de allí nació y el saber que fuimos construyendo, han sido fundamentales para mi ejercicio profesional pues, jugando al músico, forjé la conciencia que ha dado claro fundamento a mi ser y que me ha permitido entender el valor inmenso de nuestras tradiciones, en particular el de nuestra música autóctona.
De esa época también recuerdo el despertar de mi pueblo. Las voces de hombres y mujeres en habitual alharaca anunciando las más suculentas viandas destinadas a enriquecer el menú del desayuno palmitero, acompañaban los primeros rayos del sol. Mi abuela materna, Silvia Quiroz, madrugaba y, atenta, observaba el paso de los vendedores de empanadas de carne, buñuelos de fríjol, arepas de maíz, bollos de plátano… y de entre todas esas delicias criollas, escogía las que cada día harían parte del desayuno que a primera hora me servía, con gesto materno, acompañado de un humeante pocillo de café “Almendra Tropical” hecho por ella en su fogón de leña.
Otras mujeres que iban con paso acelerado para las matanzas, hacían parte del paisaje tempranero de mi pueblo. Las matanzas, eran –en ese tiempo – las casas donde sacrificaban reces y cerdos para el consumo diario.
Las mujeres, al llegar allí, siempre se disputaban el turno para comprar los mejores chicharrones y demás productos que destinaban al desayuno de sus familias. En mis recuerdos, sus voces altaneras se confunden con las chillonas de los niños, que los negociantes de matanzas contrataban para que, a puro pulmón, anunciaran por todo el pueblo el local donde cada día se efectuaba el sacrificio y la venta, luego de que el anuncio se había realizado por los altoparlantes de los teatros Santa Rosa y Libertad, que eran las empresas más tecnificadas en esos tiempos, cuando el cine mejicano estaba en pleno apogeo y cuando en mi pueblo no había matadero, ni plaza de mercado, ni mucho menos fluido eléctrico.
En las noches plenilunares, mientras los adultos reunidos en los patios conversaban o escuchaban los relatos de decimeros y cantores, los niños jugábamos a “la libertad”, al “cinturón escondido” o a cualquier otro juego donde, por ley, tuviésemos que correr. Esas carreras a “pata pelá” y a oscuras por las calles empedradas, dejaban sus consecuencias: más de una vez la piel del dedo gordo del pie de los espontáneos atletas quedaba tapizando las piedras y muros de las calles del pueblo y al día siguiente, el inevitable “pondo” doloroso cobraba con creces el despilfarro de energía, no obstante las advertencias de los mayores.
Muy pronto llegó la experiencia de la escuela. Ingresé a Santa Rosa de Lima, hoy convertida en colegio de bachillerato, donde debí aprender la cartilla abecedario en el menor tiempo, pues las rígidas exigencias académicas así lo establecían. Al año siguiente, cursé el grado primero en la misma escuela y fue entonces cuando por primera vez enfrenté a la terrorífica “María Dolores”, pues el profesor Tiberio utilizaba siempre una regla de guayacán que causaba estragos en la clase de matemáticas. No olvidaré nunca que cuando el profesor daba la orden, debíamos iniciar las interminables rondas de preguntas y respuestas sobre las tablas de multiplicar y quien no respondía correctamente, se llevaba un certero golpe en la palma de la mano. El temor que “María Dolores” generaba, nos llevó a inventar una contra: dos pestañas dispuestas en forma de cruz en la palma de la mano tenían el poder de partir la regla al contacto con la piel. ¿El resultado? El conjuro casi me deja sin pestañas, la regla de profesor Tiberio permaneció intacta, y de las tablas de multiplicar, debo confesar, que aún olvido una que otra operación.
El año siguiente, cuando cursaba primero B, se celebró en el pueblo la fiesta de corralejas. Ese 30 de agosto, un gran acontecimiento marcaría el rumbo de mi existencia: un conjunto de acordeón integrado por unos “pelaos” que llegaron de Corozal, tocó en la plaza donde se erigieron las corralejas. Felipe Paternina era el nombre de aquel acordeonero de toque magistral, cuya ejecución me conmocionó a tal punto que sus melodías no dejaban de bailotear en mi mente, mientras me dirigía ensimismado hacia mi casa.
Absorto en mis pensamientos tomé el camino que conducía a la casa de mi padrino Ismael Pérez –quien era el propietario de los toros que se lidiarían en esa ocasión –, por lo que desde horas tempranas ofrecía una recepción en su vivienda, amenizada con banda y acordeón. No podía imaginar en aquel momento que las razones para que la música de acordeón me envolviera en su magia para siempre, estarían a la orden del día. Cuando me acercaba a la casa de mi padrino una melodía que salía de su interior se fue apoderando del ambiente como en una suerte de encantamiento y, entonces, mis pasos sin remedio me pusieron de golpe en la sala, en medio de la gente que en un silencio reverencial escuchaba al señor Desiderio Barbosa ejecutar la fascinante melodía. El hombre, al percatarse de mi interés, caminó hacia mí y con gesto amable ejecutó nuevamente la canción. Al terminarla, me contó que esa maravilla titulada “La Creciente del Cesar” era obra del maestro Rafael Escalona y que la habían grabado “Bovea y sus Vallenatos”, músicos muy famosos de Ciénaga, Magdalena.
Mi papá, Lisandro, poco sabía de mi interés por el instrumento. Con frecuencia salía con sus “Alegres Muchachos” a cumplir sus compromisos musicales, por lo que no le era fácil percatarse de mis intereses y talentos. Él sabía que tocaba y que me defendía con la percusión y se sentía por ello muy orgulloso, pero, pienso que en el fondo, él no quería que siguiera sus pasos.
Los tiempos de mi niñez continuaron con sus juegos, la escuela, la cotidianidad de mi terruño, cuando un día cualquiera sucedió lo inesperado: en uno de sus ires y venires mi papá dejó un acordeón en casa. Sin pensarlo dos veces y sin pedir permiso, me apoderé de él y lo llevé conmigo a todas partes, lo inspeccioné, experimenté con sus sonidos, reí, soñé… A la semana, cuando mi padre regresó, constató lo que su corazón ya presentía: “Chane, mi hijo mayor, promete con el acordeón”. Me compró entonces un acordeón de dos teclados y me enseñó la cumbia sampuesana del maestro Joaquín Betín.
Ese fue el comienzo de mi comunión con el acordeón. Los días y las noches nunca fueron suficientes; entablamos desde entonces un diálogo que aún no termina. El deseo de llegar a ser como los grandes acordeoneros Alejo Durán, Abel Antonio Villa, Aníbal Velázquez, Alfredo Gutiérrez, o como mi propio padre, era una fuerza incontenible.
A finales de aquel año crucial, llegaron a los Palmitos los amigos corozaleros de mi padre; los hermanos Pérez, los Martelo y entre ellos el señor Hernán Paniza. Habían planeado una parranda en el rancho que mi papá había construido al fondo del patio. Inesperadamente, en el fragor de la parranda, mi padre se levantó del asiento donde cómodamente departía con sus amigos y en un arranque de orgullo paterno dijo: –Les presento a quien muy pronto será un gran músico –. De inmediato supe que se refería a mí y honrado por la confianza que mi padre depositaba en mi talento, salí con mi acordeoncito al pecho. Entre los parranderos causó gran impresión la seguridad con la que ejecuté los aires de la Sabana. Entonces el señor Paniza (q.e.p.d.) me estrechó fuertemente y le dijo a mi padre: –A este “pelao” me lo llevo a Corozal para que estudie con mi hijo en el Instituto de Pérez “Che”, y en los ratos de descanso le enseñe a tocar el acordeón.
Fue así como al año siguiente fui a vivir a Corozal, hospedado en casa del señor Paniza, quien me acogió como a un hijo. Con Jorge, su hijo, asistíamos puntualmente a las clases y al regreso yo le mostraba los misterios del acordeón. Aquellos tiempos fueron de muchas responsabilidades y emociones intensas. Los condiscípulos del Instituto Aníbal Badel me pasearon por todas las semanas culturales que se realizaban en los colegios de la Sabana.
Recibí muchos reconocimientos, lo cual me motivaba aún más. Ese mismo año (1969) sufrimos un duro golpe: a mi papá le robaron el Festival Vallenato, pero el pueblo de Valledupar lo aclamó y lo llamó “el Rey sin Corona”. Al poco tiempo, y como un paliativo, grabé con las hermanitas Bossa “Anhelos”, un pasebol que Alfredo Gutiérrez hizo famoso en todo el país.
Desde ese tiempo creamos un estilo musical propio que catapultó a Lisandro Meza al ámbito internacional. En más de tres décadas hemos recorrido el mundo y los más sofisticados escenarios, llevando la bella música de las Sabanas colombianas.
He participado en telenovelas, películas y en producciones musicales con los más grandes músicos del mundo latino como Emilio Estefan. También en producciones musicales dirigiendo a los más auténticos músicos de nuestra región como Calixto Ochoa y Alfredo Gutiérrez; además, en el 2008 produje con los Corraleros de Majagual el trabajo titulado Majagual All Stars; he grabado con Joe Arroyo y el salsero Víctor Manuel. Produje la última grabación de los cubanos Celina y Reutilio y he participado en muchas producciones junto a artistas de cartel, entre ellos con la Banda sinfónica de la Universidad de Antioquia en 2009, en el homenaje al maestro Rafael Escalona –Escalona ¡vive¡ – en el cual cantan Iván Villazón y Marina Quintero.
Actualmente, adelanto estudios de profesionalización en el programa de licenciatura en música que sirve la Universidad del Atlántico, pues mi meta es contribuir, con mi capacidad y experiencia, a la formación musical de los niños colombianos.
Agradezco a la vida sus favores y quiero manifestar que la mejor época de mi vida ha sido mi infancia.

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